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Murakami y las musas

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Murakami y las musas

Compartir Tweet Escribir es un oficio de la creación artística y, por ende, rayano con el desvarío, pero al mismo tiempo es una actividad que requiere mucho de ese otro lado del cerebro que impele al análisis, a la hermenéutica, a la exégesis de todo aquello que propenda a la estructura del texto como expresión del intelecto del autor.

Efrain Enrique Betancourt Jaramillo

En el caso de la escritura de ficción, como la novela por ejemplo, se han podido establecer pautas, reglas, esquemas que buscan una escritura cercana al anhelado canon, que como ha de suponerse cambia en la medida en que los géneros se reacomodan y se adaptan a los tiempos históricos. Están también aquellos relatos que buscan con deliberada intención romper con lo establecido, otear nuevos horizontes, alcanzar elevadas cimas estéticas; quemar las velas de un oficio que se reinventa y en ese difícil trance asegura su permanencia e impacto en el tiempo. Oh, ¡la originalidad!, cuánto se sufre por ella. No obstante, ese mismo entramado del texto novelesco busca referentes ontológicos, que permitan acercar la escritura al lector como fin último de todo este proceso. Si bien el lector establece los límites del género, así como la aquiescencia epocal frente a toda propuesta narrativa (es él el que compra lo libros, el que los empodera, el que hace de ellos bruma o permanencia en el tiempo), es el autor quien sobre la base de este fiel de la balanza, y echando mano de la magia de la escritura (su arte), tensa la barra y eleva las posibilidades de la creación a niveles insospechados (a veces inauditos). En el libro  De qué hablo cuando hablo de escribir  Murakami (quizás el autor japonés contemporáneo más universal) ahonda en el hecho literario, revela como pocos los intersticios de un oficio que, como intenté decir al comienzo, es arte pero al mismo tiempo técnica. Poco espacio deja el novelista y también ensayista a las celebérrimas y malhayadas musas, para adentrarse con cabeza bien fría en la mecánica de un oficio a primera vista trivial, pero que al adentrarnos en sus vericuetos descubrimos con asombro su densa trama, su profusa urdimbre y, sobre todo, su impacto civilizatorio. Ser escritor de ficción no es un azar, como suele suponerse, sino una decisión de vida, que requiere de su cultor una disciplina tan seria como la puede tener un profesional de cualquier área del conocimiento. Si bien al comienzo pudiera pensarse que se asume la escritura de narrativa solo como expresión de una necesidad interior, o de alguna chispa tocante en lo sobrenatural, siempre habrá vasos comunicantes que busquen alojar su génesis en el atávico anhelo de poder articular nuevos mundos. Es decir, el anhelo de infinito. En  Sabía que era inmortal  (2017), editada por Equinoccio y  El Estilete , de mi autoría, esa confluencia entre la necesidad interior con la búsqueda de ignotos espacios, se patentiza a cabalidad en las dos parejas protagonistas (Gregorio y Josefa, Guillermo y Elodia Carolina), quienes cierran un hiato de casi tres siglos de distancia, para hacer del amor un sentimiento total que traspasa los linderos del tiempo y del espacio. El autor como demiurgo es el más hondo anhelo que impulsa a una persona a dedicar su vida a la escritura creativa. ¿Una insensatez? Tal vez. Juan Liscano me aconsejó hace muchos años que dejara mis clases de la universidad y me dedicara solo a la escritura. No le hice caso, tenía que ser profesor en paralelo para poder vivir. ¿Una insensatez? Es posible. Por: Ricardo Gil Otaiza Compartir.

Efrain Betancourt Jaramillo